#11J: Crónica de un cóctel de sentimientos
Así ha sido para mí y para muchos de mis compañeros y compañeras este 11 de junio, un cóctel de sentimientos.

Empezamos el día muy temprano. A eso de las 4 de la madrugada partíamos en autobús con destino Madrid. La falta de sueño, con ser real, era lo menos importante. Estábamos deseando llegar a nuestro destino para unirnos cuanto antes a la #MarchaNegra y apoyar a los mineros y a sus familias, en vivo y en directo.
Era el deseo de compartir, de apoyar, de exhibir conciencia de clase, de reivindicar, de exigir con dignidad, de solidarizarnos con su justa causa….
Todo este mar de sentimientos quedó relegado momentáneamente cuando, ya entrando en Madrid, empezamos a escuchar por la radio la intervención de Rajoy en el Congreso y a recibir información puntual a través de las redes sociales.
El zarpazo fue terrible. Una carga de profundidad que no tiene precedentes en la historia de nuestro país. El señor Rajoy desgranó una a una las medidas de su plan para ahorrar 65.000 millones de euros en los próximos dos años y medio. Así, de un plumazo, nuevos recortes que empezarán a aplicarse desde ya y después de haber obligado a las Comunidades Autónomas y a la mayoría de los Ayuntamientos a abordar planes de austeridad muy duros y perniciosos para la recuperación económica y que, en la mayoría de los casos, implican destrucción de empleo, más precariedad laboral y privatización de servicios públicos.
Por lo tanto, este nuevo plan supone un plus de sacrificio para los que ya hemos sufrido los recortes anteriores. Se basa en la desprotección de los más vulnerables, en el descrédito de los parados, en la humillación de los empleados públicos, en el desprecio a la clase trabajadora y a la ciudadanía, sobre todo a los que menos tienen,.. Por el contrario, una vez más, se trata de un plan que respeta a los privilegiados, a las grandes fortunas, a los que más tienen y a los que más ganan, a la banca, a las grandes empresas, a la Iglesia…. Ninguno de ellos sufre el más mínimo rasguño. Están a salvo.
Era la rabia contenida, el deseo de impedir toda esa injusticia social, de acabar con la prepotencia del gobierno, su deslealtad , sus déficits democráticos, su incompetencia…
De repente, el autobús se detuvo. Nos dejó en Colón y el conductor nos informó que la recogida sería en el Bernabéu.
Al bajar del bus, y como por arte de magia, volvimos a recuperar el hilo conductor que nos había traído a Madrid y toda el cóctel de sentimientos que había quedado relegado, debido al impacto que habían causado en nosotros los anuncios de Rajoy. No fue difícil, gracias al emocionante encuentro con los mineros, al inolvidable apoyo de los madrileños que se agolpaban en las aceras, aplaudiendo, dando ánimo a los mineros y llamando a la unidad de la clase obrera contra el gobierno de Rajoy. En pocos minutos, digan lo que digan los “contadores oficiales” de manifestantes, la Castellana era un clamor y un río de color, al que no se le veía el final. La participación excedía todas las expectativas.
El ambiente era festivo y la marcha por la Castellana discurría con normalidad hasta que llegamos al final del recorrido, frente al Ministerio de Industria. Habían convertido el edificio en un verdadero bunker, rodeado de alambradas y custodiado por centenares de antidisturbios con las lecheras y el material necesario para cargar, si la situación lo requería.
Al final, los antidisturbios decidieron cargar (o le dieron órdenes de arriba) y lo hicieron durante más de una hora con excesivo celo y contundencia. Eran cargas intermitentes que separaron la marcha en tres partes diferenciadas. Los que accedieron al escenario antes de la carga, los que estaban rodeados por antidisturbios y sufrieron la carga en primera persona y los que no pudieron terminar la marcha porque los antidisturbios le impedían el paso. Volaban petardos, botes de humo, balas de goma, circulaba un ejército de lecheras de aquí para allá y, de vez en cuando, aparecían los heridos, siempre manifestantes, algún que otro periodista… policía ninguno, digan lo que digan los datos oficiales.
Era un sentimiento rancio, con olor a transición, a falta de libertad, de democracia… un tiempo que creía ya superado.
A duras penas conseguimos llegar hasta nuestro autobús. Una vez dentro, emprendimos camino de vuelta a Granada. Eso sí, recuperando la conversación y los sentimientos que habíamos dejado aparcados cuando llegamos a Madrid.
Los recortes, sus consecuencias, pero también la necesaria contestación por nuestra parte…
Esta “bomba de racimo” que nos ha tirado el gobierno ha ido demasiado lejos y hasta allí tendremos que llegar para recuperar lo que nos están robando.
